CONFIDENCIALIDAD Y RESPETO DEL PACIENTE EN PUBLICACIONES MÉDICAS Y DIVULGACIÓN CIENTÍFICA
Hoy el periodista Manuel Ansede @manuelansede,
galardonado por sus trabajos de divulgación científica (http://esmateria.com/presentacion/manuel-ansede-redactor-de-materia-gana-el-premio-de-periodismo-cientifico-mas-prestigioso-de-espana/)
ha escrito un mensaje en twitter sobre
los trastornos de conducta sexual en la enfermedad de Parkinson. Estoy segura
de que su intención era buena. El trastorno de control de impulsos y la
hipersexualidad son algunos síntomas que pueden aparecer en esta y otras
enfermedades neurológicas o psiquiátricas, a veces como efectos secundarios del
tratamiento. Por supuesto, pienso que en
público se puede y se debe hablar de cualquier tema sin censura. M Ansede y
otros como él desempeñan un papel muy importante en la sociedad: comunicar al
público cuestiones científicas extrayendo la esencia de la parafernalia técnica
y en términos comprensibles para todos. Es necesario contar con profesionales que
nos informen de temas científicos y técnicos sobre los que de otro modo viviríamos
en la completa ignorancia. Esto incluye la medicina, enfermedades,
tratamientos y síntomas, sean de la índole que sean. Debemos hablar de cáncer, prepucio,
demencia, sífilis, zoofilia, psicosis, diarrea, y pus con la misma rigurosidad
informativa, naturalidad y ausencia de connotación moral con la que hablamos de
conjuntivitis, tos o esguince de tobillo.
Sin embargo, en el tuit de M Ansede confluyen dos cuestiones
que me preocupan y sobre las que me gustaría proponer una reflexión colectiva.
La primera se refiere a la comunicación respetuosa con el colectivo de pacientes con
enfermedades determinadas. Mi apoyo total a la libertad de informar y admiración
por quienes se animan a hablar en público de cualquier tema, aunque no sea
hermoso. Pero ese loable objetivo se puede alcanzar sin el descuido de la
forma. Debe haber un lugar razonable entre el absurdo tabú “una
larga enfermedad” por “cáncer” y el otro extremo “empezó a intentar
follarse a su perra y a su nieta” https://twitter.com/manuelansede/status/1131937834988900354 en vez de “desarrolló zoofilia y pedofilia”,
palabras técnicas pero que todo el mundo entiende, o bien “comenzó a mostrar una
conducta sexual impulsiva hacia animales y niños”. Vale que no hagamos uso abusivo de
eufemismos, pero elegir expresiones duras o sensacionalistas es innecesario. Resultaría
contradictorio que la sociedad del lenguaje inclusivo -“niñas y niños”, “diputadas
y diputados”– no hiciera uso respetuoso de la palabra al hablar de
enfermedades, ahorrando un daño emocional a quienes las padecen. En este sentido
ya he expresado en otras ocasiones mi opinión sobre la fea costumbre de etiquetar
a la persona con el nombre de la enfermedad (digamos “paciente con enfermedad
de Parkinson”, no “parkinsoniano”, “paciente con autismo”, no “autista”).
La segunda cuestión, como saben mis sufridos colaboradores y
estudiantes, me preocupa aun mucho más que la anterior. Me refiero al riesgo para la confidencialidad y
privacidad del paciente objeto de un escrito científico en esta era de
TICs, publicación abierta y redes sociales. Responde @manuelansede a mi crítica
como hubiese respondido yo misma hace 30 años: “se trata de un estudio
anonimizado”. Se refiere a que no se publica el nombre del paciente, DNI u otro
dato que revele incuestionablemente de quién se trata. Esto es verdad, pero los
datos que se proporcionan (edad, fecha aproximada en la que fue tratado, sexo,
síntomas, ciudad y centro donde fue estudiado, médicos que le atendieron, medicamentos
y dosis…) son suficientes para identificarle con poco margen de duda. Obviamente,
no le vamos a identificar ni Manuel Ansede, ni ustedes ni yo, pero ¿cuántos
minutos creen que le llevará a los médicos de ese hospital saber quién es, con
nombre y apellidos, la persona objeto del tuit? Si el paciente fuese usted mismo, su padre o
abuelo ¿creen que tendrían muchas dificultades en reconocer que de quien se está
hablando es de usted/él? ¿cómo se sentirían?
Quien quiera engañar o
autoengañarse diciéndose que está anonimizado porque no se revela el nombre,
allá él, pero lo cierto es que la privacidad del paciente no está completamente
protegida, ya que es posible inferir, con probabilidad
muy alta, de quién se trata. En esta situación han de operar las garantías de
la ley de protección de datos http://www.lopdat.es/noticias/la-anonimizacion-de-los-datos-personales.
Este es un tema enormemente complejo y con el que los
médicos estamos colectivamente esforzándonos por aprender a manejarlo cada día mejor.
El beneficio buscado con la comunicación de casos médicos a través de revistas
científicas es, por supuesto, transmitir públicamente un conocimiento que puede
ser de utilidad para otros pacientes, para toda la sociedad, describiendo casos
concretos que tienen especial interés, algo poco común o bien pacientes con
enfermedades raras. Pero al hacerlo podemos causar un daño no intencionado, al
publicar datos médicos sensibles de personas concretas, que quedan expuestas. El
beneficio de toda la humanidad no justifica causar daño a un solo individuo.
Argumenta @manuelansede que el documento “ya está disponible
públicamente”. Cierto, pero las tecnologías actuales y redes sociales tienen enorme
efecto amplificador, como el propio tuit de Manuel (13.000 seguidores) refleja.
Los médicos autores del trabajo sobre zoofilia en la enfermedad de Parkinson
sin duda habrán pedido permiso al paciente y su familia para publicar su caso. Les
habrán explicado que se escribirían los detalles de su caso en una revista que
sólo leen otros médicos y científicos, que su nombre en ningún caso sería
revelado. Esto sucedió, como dice @manuelansede, hace casi 20 años. Estaba en sus albores el acceso abierto
a publicaciones médicas a través de internet. ¿Creen que antes de otorgar
permiso se hizo reflexionar al paciente y su familia sobre la posibilidad de
que algún día podrían llegar a conocer detalles de su caso fácilmente 13.000
personas en un segundo? ¿Que cualquier persona, médico o no, fácilmente podría
tener acceso y leerlo? Si les hubiesen explicado este riesgo, ¿habrían
consentido? Cuando cuento esto suelo recibir la siguiente protesta: “Al paciente, si es que aún vive, le dará igual que una persona en la otra
esquina del mundo pueda llegar a conocer su historial médico”. Posiblemente (aun
así, deberían haberle preguntado cuando vivía). Pero es que la mayor amenaza para la intimidad de la familia no es que pudiera llegar a identificarles una neuróloga
gallega a la que nunca han visto. Lo que debemos explicar a los pacientes cuando les pedimos permiso para publicar su caso es que podrían llegar a reconocerle su médico de cabecera, sus compañeros de
trabajo, su empleado o el novio de su nieta. Y que esto es, además,
bastante probable.
Imagine que usted era una niña cuando su abuelo, atendido en
un hospital de Madrid por enfermedad de Parkinson, presentó un trastorno de
control de impulsos que le llevó a tratar de propasarse con usted en alguna
ocasión. Afortunadamente nada grave llegó a suceder, pero su madre, lógicamente
muy preocupada y no entendiendo cómo su querido padre podía conducirse así con
su nieta, se lo contó a los médicos. Estos incorporaron esta anomalía de
conducta al historial clínico y, eventualmente, al artículo acerca del caso de
su abuelo. Imagine que sólo su madre conoció este problema, ya que usted
era muy pequeña, no recuerda aquello, o es muy borroso. Afortunadamente, su cerebro inocente no llegó a grabar el incidente como algo malo o traumático.
Su madre, sabia, no consideró necesario explicarle a usted los pormenores de aquello,
manchar el recuerdo de su abuelo (y de paso, quizá, causarle a usted angustia o
dolor) por algo que usted ni siquiera recuerda, que no tuvo mayor consecuencia,
que era un síntoma de la enfermedad que tuvo al final de su vida y que no debía
protagonizar el recuerdo de su padre. Sí le había mencionado su madre en
numerosas ocasiones el nombre de los neurólogos que atendieron a su abuelo, pues
había llegado a establecer con ellos una estrecha relación. Siempre les habían
tratado muy bien, mostraron especial interés por su abuelo y habían
estudiado su caso a fondo. Fíjate si le habían estudiado con interés – le había contado
su madre- que incluso nos pidieron permiso para escribir un artículo sobe el abuelo,
para compartirlo con otros médicos. Su madre es ahora mayor.
Usted es una mujer adulta con suficiente formación, conexión a internet y seguidora
de @manuelansede o de temas médicos en twitter.
¿Imagina el resto?
María-Jesús Sobrido
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